Opinión

La educación universitaria no es un gasto: es una decisión de futuro

“Que el futuro no me sea indiferente”, le pide León Gieco a Dios en su icónica canción.

El año pasado estuve en Plaza de Mayo y hace un rato estuve en el “Reloj de los Italianos” y luego marchando por las calles del centro, junto a una cantidad de otros chascomunenses, que tampoco quieren que el futuro les sea indiferente.

¿Qué hacíamos ahí un martes frío de mayo?

Siempre pienso lo mismo, tanto en los momentos malos, como en los buenos momentos, se nos hace imperioso juntarnos. Sea para festejar un mundial de fútbol o para bancar a la Universidad Pública.

En tiempos de ajuste, hay discusiones que exceden los números. Porque cuando un país debate cuánto invertir en educación universitaria, en realidad está discutiendo qué lugar quiere ocupar en el mundo y qué oportunidades quiere ofrecerles a las próximas generaciones.

La universidad pública argentina no es solamente un espacio de formación profesional. Es uno de los grandes motores de movilidad social, producción de conocimiento, innovación tecnológica y desarrollo territorial que tiene nuestro país.

Ayer vi también una publicación de “El gato y la caja” (recomiendo seguirlo en Instagram: @elgatoylacaja) que dice que tener universidades públicas es hacer crecer un país. Es que en la Universidad Pública se forman médicos, ingenieros, docentes, científicos, programadores, emprendedores, investigadores y dirigentes. Pero también se forman ciudadanos críticos, personas capaces de interpretar una realidad compleja y de construir soluciones colectivas.

Cuando se reducen presupuestos, se paralizan investigaciones, se deterioran salarios docentes o se debilita el funcionamiento cotidiano de las universidades, el impacto no se limita a las aulas. El impacto le pega de lleno al futuro mismo del país.

Y esto no debe ser una discusión abstracta o lejana para ciudades como Chascomús.

Porque muchas veces pensamos que el desarrollo ocurre solamente en las grandes ciudades. Sin embargo, las ciudades que logran crecer sostenidamente son aquellas que generan capacidades locales: formación, conocimiento, innovación y articulación entre educación, producción y comunidad.

Los chascomunenses necesitamos pensar estratégicamente nuestro vínculo con la educación superior. Necesitamos más jóvenes estudiando, más oportunidades de capacitación, más articulación con universidades, más carreras vinculadas a la economía del conocimiento, al turismo, al ambiente, a la producción agroindustrial, a la tecnología y a los nuevos empleos del futuro.

Por eso funcionan en nuestra ciudad una cantidad y variedad de Institutos de Formación Docente, de Institutos de Formación Técnica, de Centros de Formación Laboral y otras instituciones educativas que cubren una demanda cada vez más grande de formación de disciplinas diversas.

Por eso, desde hace más de 25 años que la UNSAM está presente en Chascomús, de la mano del INTECH, otro gran actor de nuestra comunidad afectado en estos tiempos por las decisiones de política nacional que apuntan a la desinversión en Ciencia y Tecnología.

Por eso, desde hace dos años la ciudad de Chascomús cuenta con un Centro Universitario propio (el CUCH) a través del Programa PUENTES. Este lo lleva adelante el Municipio junto al Gobierno de la Pcia. de Bs. As., generando convenios con Universidades Públicas que hoy permiten a muchos jóvenes (y no tanto) de Chascomús y de ciudades vecinas, iniciar sus estudios en Universidades Públicas.

La educación superior no solo mejora las posibilidades individuales de quien estudia. También mejora la calidad institucional de una ciudad, fortalece su ecosistema productivo y multiplica las posibilidades de generar proyectos, empresas y empleo calificado.

Cada estudiante universitario que logra formarse representa una inversión social que vuelve transformada en capacidades para toda la comunidad.

Los países que hoy lideran el mundo no llegaron a esos lugares recortando ciencia, tecnología o educación. Llegaron porque entendieron que el conocimiento es el principal recurso estratégico de estos tiempos.

En un mundo atravesado por la inteligencia artificial, la automatización y las transformaciones tecnológicas aceleradas, reducir la inversión en educación superior puede significar hipotecar décadas de desarrollo.

Claro que la Argentina necesita discutir eficiencia, prioridades y calidad del gasto público. Esa discusión es válida y necesaria. Pero también debemos preguntarnos qué consecuencias tiene dejar de invertir en aquello que genera futuro.

La universidad pública argentina, con todas sus dificultades y desafíos pendientes, sigue siendo una de las herramientas más potentes de igualdad y desarrollo que tiene nuestro país.

Y quizás la pregunta más importante no sea cuánto cuesta sostenerla.

Sino cuánto nos está costando perderla.

José “Pepe” Yezza Ross

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