Tan cerca y tan lejos: cómo las pantallas están cambiando nuestros vínculos

  • En Salud
  • 09/09/2026 14:08:49

Las pantallas ya no son simplemente una tecnología que usamos. Son un espacio de sociabilización, en donde transcurre gran parte de nuestros días. ¿Cómo nos afecta a la hora de vincularnos?

Malena tiene 10 años y está en su habitación cuando su mamá la llama a cenar. Como no responde, le manda un mensaje por WhatsApp: “Está la comida, vení a comer”. Malena está mirando videos en TikTok y no contesta. La mamá la llama más fuerte. La llama por teléfono. Hasta que finalmente responde. Malena viene caminando mientras sigue mirando el celular, se choca con una silla y casi se quema con el calefactor.

“Prestá más atención”, le dice su mamá. El papá termina de poner los platos y se pone a responder mails de trabajo. “Male, bajá el volumen, que quiero ver mi serie”, le dice la mamá mientras empiezan a cenar.

Tres personas viviendo en la misma casa, comiendo en la misma mesa, a centímetros de distancia, pero a años luz de conectar. No se miran, no conversan, no saben cómo fue el día del otro ni cómo se sienten.

Estas escenas, lamentablemente ocurren cada vez con mayor frecuencia. Las pantallas atraviesan nuestra vida y modifican nuestros vínculos. El problema ya no es solamente cuánto tiempo pasamos frente a ellas, sino qué dejamos de hacer mientras estamos aparentemente “conectados”.

Qué dicen los especialistas

El estudio “Zoom a las infancias y adolescencias en la era digital”, presentado por UNICEF Argentina en agosto de 2026, muestra que el 95% de niños y adolescentes de entre 9 y 17 años cuenta con un celular propio y el 96% accede a Internet desde su hogar.

Según este estudio, el celular y las pantallas han reconfigurado la forma en que los chicos y chicas construyen sus vínculos y gestionan sus emociones. Para las nuevas generaciones, no hay un límite claro entre la vida real y la virtual. Para ellos, las redes son espacios de amistad, pertenencia, aprendizaje y entretenimiento, pero también pueden convertirse en escenarios de conflictos, exclusión y violencia.

Además, las plataformas están diseñadas para captar y retener nuestra atención. Notificaciones, videos cortos y algoritmos de recomendación hacen que siempre haya algo nuevo para mirar. De aquí se desprenden al menos tres consecuencias. Por un lado, si no existen límites claros para interrumpir el “scrolleo”, el tiempo frente a las pantallas puede extenderse cada vez más y desplazar horas de sueño, descanso y otras actividades necesarias. Por otro lado, la autoetima de los adolescentes se ve cada vez más afectada con la exposición constante a los modelos de belleza, éxito y estilos de vida irreales e inalcanzables que plantean las redes sociales. Y, finalmente, la capacidad de atención se fragmenta: están físicamente con alguien, pero una parte de su atención permanece pendiente de lo que ocurre en la pantalla. 

Sin embargo, es importante reconocer que, si bien este impacto se percibe más entre los niños y adolescentes; este fenómeno está atravesando a todas las generaciones, cada vez con más presencia. Y a todos nos ha pasado (o nos pasa) que aunque compartamos el mismo espacio con otro, no siempre estamos verdaderamente presentes en el encuentro.

Esto afecta especialmente los momentos cotidianos de encuentro. Una conversación cara a cara requiere presencia real, mirarse a los ojos, escuchar, conectar. Cuando el celular interrumpe permanentemente, se pierde esa conexión que, con el paso del tiempo, termina modificando la calidad de nuestros vínculos.

Según UNICEF, el desafío, entonces, no consiste en demonizar la tecnología ni en prohibirla; si no en regular el tiempo en pantallas, el acompañamiento y ejemplo de los adultos, el diálogo y establecer límites saludables.

Algunas pautas pueden ayudar:

- Establecer momentos y espacios libres de pantallas, especialmente durante las comidas.

- Que los adultos también respeten esas reglas y den el ejemplo.

- Preguntar a chicos y adolescentes qué hacen y qué les sucede en Internet, en lugar de limitarse a controlar.

- Prestar atención a señales como aislamiento, alteraciones del sueño, conflictos frecuentes o dificultad para dejar el dispositivo.

- Proteger el juego, el descanso y los encuentros cara a cara.

Porque quizás la pregunta más importante no sea cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, si no cuánto tiempo estamos realmente presentes cuando estamos juntos.



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