El espacio público es ese lugar de encuentro con el otro. Allí donde mis derechos encuentran sus límites en los derechos de los demás. Y eso implica aprender a mirar más allá de uno mismo y empezar a pensar en el otro.
Farolas y cestos de plazas vandalizados, autos estacionados sobre rampas y espacios reservados, motos con escape libre, bicicletas que circulan por las veredas entre los peatones. Son algunas de las escenas cotidianas que ponen de relieve una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿qué clase de comunidad somos?
Generalmente, las discusiones sobre el espacio público giran en torno a qué hacer con el espacio físico en cuanto a su infraestructura: construir una plaza, levantar un edificio, pintar, cortar el pasto o mejorar una vereda. Todas son cuestiones importantes, pero quizás haya otra pregunta que merezca nuestra atención: si el espacio público es de todos, ¿qué puedo hacer yo por él?
Porque el espacio público no es solamente un lugar físico que compartimos. Es también un espacio de encuentro que expresa cómo nos vinculamos y de qué manera logramos convivir con nuestras diferencias. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre las distintas necesidades y entender que nuestros derechos no pueden ejercerse ignorando los de los demás.
Si estaciono sobre una vereda o bloqueo una rampa, dificulto la circulación de otra persona. Si ando en bicicleta entre los peatones, pongo en riesgo su seguridad. Si dejo basura en una plaza o daño su infraestructura, ensucio y arruino un lugar que otros también tienen derecho a disfrutar.
Son acciones simples que, aunque puedan parecer menores, condicionan la experiencia de quienes comparten esos espacios. A veces, parece que aquello que es de todos no termina siendo responsabilidad de nadie. Pero que un lugar sea público no significa que carezca de dueño; significa que es de todos, igual que la responsabilidad de cuidarlo y respetar su uso.
Ninguna política pública de cuidado, planificación o mantenimiento alcanza por sí sola, si no existe un compromiso de quienes lo utilizan todos los días. Pensar cómo compartimos esos lugares es también pensar qué ciudad queremos construir.
Porque en el espacio privado elegimos con quién estar; pero en el público no. Aquí es donde nos encontramos con personas que piensan distinto, tienen otros hábitos y necesitan utilizar los mismos lugares de maneras diferentes. Aprender a convivir con esas diferencias es parte de vivir en comunidad.
Quizás, entonces, cada vez que discutimos qué hacer con una plaza, una vereda o cualquier otro espacio común, valga la pena correr el foco y preguntarnos no solamente qué ciudad queremos, sino también qué podemos aportar para hacerla posible.
Porque el espacio público es mucho más que un lugar para circular, descansar o encontrarnos. Es el escenario donde ponemos en práctica nuestra capacidad de respetar al otro. Y si todos somos dueños de ese espacio, la forma en que lo compartimos también habla de nosotros.








