Recuperar la idea de «raza» no es un gesto inocente ni una vuelta neutral al pasado: es una disputa política por la identidad nacional, la memoria y el poder
Hay palabras que parecen describir la realidad y otras que parecen querer transformarla.
“Raza” pertenece, curiosamente, al primer grupo. “Diversidad cultural”, al segundo.
Una parece un dato biológico indiscutible. La otra, una toma de posición. Quizás ahí esté una de las claves más profundas de la discusión recurrente alrededor del 12 de octubre.
Me asombra ver cómo llamar a la fecha “Día de la Raza” se presenta a menudo como un simple rescate de la tradición, un intento casi ingenuo de quitarle "ideología" a una efeméride. En cambio, decir “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” es leído por algunos sectores como una intromisión política en una fecha que antes habría sido puramente histórica.
Pero la antropología lleva más de un siglo intentando demostrar algo bastante incómodo para el sentido común: no hay nada más político que decidir cómo clasificamos a los seres humanos.
La Argentina tiene un mito fundacional sobre sí misma: el de un país europeo en América. Un país de inmigrantes. Un país blanco que mira hacia Europa.
No hace falta que nadie lo diga todo el tiempo. Los mitos más eficaces son precisamente aquellos que no necesitan ser repetidos. Aparecen en los relatos familiares, en los manuales escolares, en las fotografías sepia, en la arquitectura de Buenos Aires y en la manera en que hablamos de nuestros antepasados.
“Mis abuelos vinieron de Italia.”
“Mi familia es española.”
“Somos descendientes de europeos.”
Y hay una frase que parece inocente pero que condensa todo nuestro imaginario: “En Argentina no hay negros”. O aquella otra, repetida no hace tanto por un ex presidente: “Los argentinos descendemos de los barcos”.
El problema de estas frases no es solamente que sean históricamente incompletas, es que producen una imagen de país. Una Argentina sin demasiados pueblos originarios, sin población afrodescendiente, sin demasiadas mezclas. Una nación que, de algún modo, habría llegado mágicamente blanca a la modernidad.
Hay una operación conceptual para estudiar esto: la naturalización. Consiste en hacer pasar por natural aquello que es puramente histórico. Como si las cosas fueran así porque siempre debieron ser así. Como si la Argentina hubiera sido blanca antes de que alguien decidiera que debía serlo.
Pero la Argentina no nació blanca. Fue blanqueada. No solamente por el genocidio indígena y en el sentido demográfico —a través de las grandes corrientes migratorias europeas de fines del siglo XIX— sino fundamentalmente en el imaginario. El Estado, la Iglesia, la escuela, las élites intelectuales y los discursos científicos participaron de una construcción de nación donde determinados cuerpos, culturas y procedencias eran considerados más deseables que otros.
Domingo Faustino Sarmiento escribió aquello de “civilización o barbarie”. Juan Bautista Alberdi pensó la inmigración europea como una herramienta de ingeniería social. No hace falta convertir a cada uno de esos autores en un villano para entender el proceso. Alcanza con mirar el resultado.
Como bien analizan los sociólogos Mario Margulis y Marcelo Urresti, ese blanqueamiento original mutó con los años en algo más silencioso, pero igual de voraz: la racialización de las relaciones de clase. Al instalarse la ficción de que aquí "ya no hay negros", el color de piel y los rasgos corporales pasaron a operar como un indicador secreto de pertenencia socioeconómica. No es solo un rechazo a la pobreza; es un rechazo al color de la pobreza. Las jerarquías sociales argentinas se construyeron sobre un código estético donde lo legítimo, lo limpio y lo educado se ubicó, siempre, del lado de la blancura.
La paradoja es que nuestra realidad es mucho más diversa de lo que su propio relato nacional estuvo dispuesto a admitir. Conviven pueblos: mapuche, qom, tehuelche, wichí, guaraní, diaguita, huarpe, kolla, mocoví, comechingón y muchos otros. Hay comunidades afrodescendientes vivas y una persistente migración latinoamericana. Hay identidades que simplemente no caben en la vieja fotografía de la Argentina homogénea.
Y, sin embargo, el mito de la blancura tiene una enorme persistencia. Tal vez porque no funciona como una mentira burda que alguien pronuncia, sino como una evidencia de lo que se pretende ser.
Es lo que el antropólogo Alejandro Grimson define como una mitomanía: una creencia social profundamente arraigada que nos ofrece respuestas simples y reconfortantes, bloqueando la complejidad de la realidad. El mito de la Argentina blanca es eficaz porque funciona mediante la denegación. Excluimos negando que excluimos; discriminamos repitiendo que acá somos todos iguales porque “no hay racismo”. El sentido común se vuelve un mecanismo de defensa: preferimos la comodidad del mito antes que la incomodidad de mirarnos al espejo.
Y acá vuelve la palabra “raza”, porque tiene una capacidad extraordinaria para hacer desaparecer la historia. Cuando decimos “raza” parece que estamos nombrando una característica objetiva, algo inscrito en el cuerpo, en la sangre o en el origen.
La ciencia moderna hace mucho tiempo abandonó la idea de que la humanidad puede dividirse en razas biológicas discretas y jerarquizables. Este enunciado carece de carácter científico por una simple razón: no hay fronteras biológicas que separen a la humanidad en grupos distintos. Los seres humanos compartimos aproximadamente el 99,9% de nuestro ADN. Las diferencias físicas visibles (como el color de la piel, la forma de los ojos o el cabello) dependen de un porcentaje mínimo de genes relacionados con la adaptación climática al entorno, no de divisiones biológicas profundas. Pero eso no significa que la palabra haya dejado de tener efectos, al contrario. Una clasificación puede ser un invento de laboratorio y, al mismo tiempo, organizar una vida entera. Puede determinar quién es considerado extranjero, civilizado, indígena o ciudadano.
La antropóloga Rita Segato nos recuerda que el Estado-nación moderno nació bajo esta exigencia: una ficción de homogeneidad que necesitaba, de forma urgente, reducir las alteridades de su territorio. Para Segato, la raza no es una biología, sino un signo político de estatus. Clasificar los cuerpos no fue un acto científico, sino un ejercicio de poder para decidir qué identidades tendrían derecho a la ciudadanía plena y cuáles quedarían bajo sospecha de extranjería en su propia tierra. Puede decidir, en definitiva, quién entra en la foto y quién queda afuera.
Por eso hay algo tramposo en la idea de que decir “raza” sería menos político o más "neutral" que decir “diversidad cultural”. Es exactamente al revés. “Raza” oculta la operación del poder; “diversidad” la hace visible. Una palabra naturaliza, la otra historiza. Una parece cerrar la discusión, la otra la abre de par en par.
Hay una vieja ilusión en la política: creer que lo ideológico es solamente aquello que el otro piensa.
“Mi idea es sentido común, la tuya es ideología”.
“Mi palabra describe, la tuya construye”.
“Mi historia es la historia oficial, la tuya es un sesgo interpretativo”.
Sin querer arruinar esa comodidad, hay una única certeza que tiene evidencia histórica y científica: toda sociedad clasifica, selecciona y construye relatos sobre sí misma.
No existe una memoria sin decisiones. No existe una identidad nacional sin operaciones de inclusión y exclusión. No existe un “nosotros” sin un “ellos”. La pregunta interesante de nuestros tiempos no es si hay ideología, sino qué ideología logró volverse invisible y cómo.
Quizás el 12 de octubre sea la mejor excusa para mirar ese mecanismo. Durante décadas, la escuela enseñó una historia en la que América parecía comenzar con Europa. Después apareció la necesidad de contar también a los pueblos que ya estaban acá. Entonces cambiamos “descubrimiento” por otras palabras, y reemplazamos el “Día de la Raza” por el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”.
No se trató simplemente de un eufemismo políticamente correcto. Se trató de cambiar el lugar epistémico desde el cual se construía el relato nacional. Eso puede gustarnos más o menos, podemos discutir sus límites o debatir si una efeméride escolar es el mejor instrumento para hacerlo. Pero difícilmente podamos decir que el cambio fue “político” y que la efeméride original no lo era.
De hecho, el “Día de la Raza” no nació con Cristóbal Colón en 1492. Nació cuatro siglos después, en 1917, bajo la firma de Hipólito Yrigoyen.
Como explica la historiadora Camila Perochena, aquella efeméride original respondió a un contexto muy específico: el auge del hispanismo de principios del siglo XX, que buscaba construir lazos culturales con España como un escudo identitario y antiimperialista frente a la expansión de Estados Unidos. El decreto de Yrigoyen no era una ventana transparente al pasado; era una decisión política e ideológica de su presente para moldear la identidad nacional.
Por eso resulta tan sintomático que hoy se pretenda recuperar aquella denominación bajo la bandera de una supuesta neutralidad "sin ideología".
Lo que estamos viendo es lo que Perochena define como el accionar de los "guerreros memoriales": mandatarios que no hacen historia, sino que usan la memoria de forma selectiva para justificar sus batallas culturales del presente. Al reinstaurar el "Día de la Raza", apelan a una visión profundamente romantizada e idealizada de la conquista —una que omite convenientemente la violencia y el sometimiento indígena— para fijar una narrativa identitaria y excluyente. Donde el “nosotros” es la “gente de bien”, y, por ende, blanca.
Frente a esto, cabe hacernos una pregunta incómoda: ¿sirve pelearnos en los mismos términos con quienes hoy intentan volver al concepto de raza? ¿No es, acaso, una provocación diseñada precisamente para que entremos en su juego?
La nostalgia oficial por la "raza" no busca abrir un debate historiográfico serio; busca polarizar. Funciona como un señuelo político. Si la respuesta es únicamente la indignación moral o el enojo previsible, mordemos el anzuelo. El desafío no es entrar en la guerra de trincheras, sino desarmar el mecanismo: mostrar que recurrir a una categoría biológicamente falsa no es un acto de "sentido común", sino una distorsión deliberada del pasado para evitar la complejidad de lo que somos en el presente.
Tal vez por eso el regreso de la palabra “raza” resulte interesante. No porque una palabra vaya a cambiar el país. Sino porque nos permite ver algo que estaba ahí antes de que la palabra volviera: el deseo persistente de imaginar una sociedad sin demasiadas diferencias.
Una sociedad donde la historia tiene un comienzo claro. Donde hay una cultura principal y otras que aparecen como agregados. Donde Europa es origen y lo demás, mezcla. Donde “raza” parece una descripción y “diversidad” una ideología.
Quizás haya que invertir la pregunta.
Quizás lo verdaderamente ideológico no sea reconocer que somos diversos.
Quizás sea necesitar tanto una Argentina blanca que esa diversidad tenga que volverse invisible para poder creer en ella.
Porque las sociedades no son solamente lo que dicen ser, también son aquello que consiguen no preguntarse.
Esa es la tarea más interesante: hacer preguntas allí donde el sentido común ya decidió que no había nada que preguntar.
Detrás de la disputa por el 12 de octubre aparece, descarnada, la disputa por nuestra propia definición actual. No estamos discutiendo únicamente un feriado nacional o un cambio de palabras en el calendario escolar. Estamos discutiendo el tamaño de nuestra democracia y la veracidad de nuestra memoria. Elegir qué palabras usamos para nombrar el origen es decidir si seguimos habitando un mito diseñado en el siglo pasado, o si finalmente nos atrevemos a asumir la compleja, mestiza y heterogénea realidad que camina por nuestras calles, y que nos hace sentir argentinos.
Pamela Abarca
