En Chascomús la mañana empieza temprano. La laguna todavía está calma y el viento mueve apenas la basura apoyada al lado del contenedor. Un cartón mojado se pega al asfalto. Un envase rueda unos metros. Una postal que se repite cada vez más
La escena incomoda porque no coincide con lo que decimos de nosotros mismos. Porque los residuos no se convierten en basura por arte de magia. Se convierten en basura cuando decidimos no hacernos cargo. La diferencia no está en el camión recolector. Está en cómo elegimos disponer los residuos que generamos.
Nos gusta pensarnos como una comunidad que cuida su entorno. Una ciudad donde la naturaleza no es paisaje lejano sino parte de la vida cotidiana. Donde la laguna es encuentro, identidad y orgullo. Y, sin embargo, el espacio público empieza a mostrar otra cosa: más residuos en la calle, menos separación en origen, contenedores que se llenan de materiales reciclables mezclados con restos orgánicos.
La basura no es solo basura, es un termómetro social.
Es el reflejo de nuestras prioridades. De cuánto nos importa lo común. De si creemos que alguien más va a resolver lo que nosotros no hacemos.
En los últimos años cambiaron nuestros hábitos. Consumimos más productos envasados, más compras rápidas, más descartables. La vida cotidiana se aceleró. Separar residuos, que parece un gesto simple, requiere tiempo, organización, constancia. Y cuando la rutina se vuelve intensa o desordenada, el primer hábito que cae suele ser ese.
Pero separar no es un detalle menor. Es el punto donde un residuo puede transformarse en recurso… o perderse como basura.
También cambió nuestra relación con lo común. El espacio público dejó de sentirse tan propio. Si la vereda es de todos, a veces parece no ser de nadie. Y ahí, en esa zona gris, la bolsa queda afuera del contenedor, el cartón no se pliega, la botella no se recicla.
Esperar que la Municipalidad se ocupe de todo es una comodidad que ya no podemos sostener. La gestión de residuos es una política pública, sí. Pero también es una responsabilidad ciudadana. Sin compromiso comunitario, ningún sistema alcanza.
Pero Chascomús tiene algo que otras ciudades grandes perdieron: todavía existe la escala humana. Todavía nos conocemos. Todavía el barrio importa. Eso convierte al reciclaje en algo más que una política ambiental: lo vuelve un acto comunitario.
Separar no es solo clasificar residuos. Es reconocer que vivimos en un lugar compartido. Que la laguna no empieza en la costanera y termina en la foto turística, sino que depende de cómo gestionamos cada bolsa en casa. Que el contenedor no es un punto final, sino parte de un circuito que involucra trabajo, logística y compromiso colectivo.
Y en ese circuito no hay figuras anónimas. Quienes levantan nuestros residuos no son solo trabajadores municipales: son vecinos. Son amigos. Son familiares nuestros. Son personas que viven en los mismos barrios, que comparten la misma laguna, que respiran el mismo aire. Cada bolsa mal cerrada, cada vidrio suelto, cada montaña de basura, cada residuo mezclado no impacta en “el sistema”: impacta en ellos.
Además, cada bolsa mal dispuesta no es solo desorden: es trabajo extra para otros. Es recurso perdido. Es deterioro del espacio que compartimos.
Reciclar es una práctica cultural. No se instala de un día para otro. Se aprende, se repite, se vuelve costumbre. Y cuando se vuelve costumbre, deja de ser esfuerzo.
La basura en la calle no habla solo de descuido, habla de hábitos que se debilitan. Y los hábitos, a diferencia de los discursos, se reconstruyen con pequeñas acciones sostenidas.
Hacerse cargo no es un eslogan. Es una decisión diaria, es entender que la ciudad que queremos empieza en nuestra propia casa.
Quizás la pregunta no sea por qué hay más basura. Quizás la pregunta sea qué comunidad queremos ser cuando la dejamos, o no la dejamos, en el lugar correcto.
Porque una ciudad limpia no se logra esperando. Se construye entre todos, se construye participando.








