Entre el cansancio cotidiano, la frustración y el enojo que muchas veces se viven como fallas personales, el fin de año invita a una reflexión colectiva: el malestar no es individual, es social, histórico y compartido.
Entre balances emocionales y cuentas que no siempre cierran, muchas personas llegan a fin de año cargando cansancio, sueños postergados y una rutina que deja poco espacio para el disfrute. El cierre de un año no es solo un momento de celebración: funciona también como un tiempo de balance personal y social, en el que se entrecruzan expectativas, frustraciones y preguntas profundas. En este contexto, hablar de lo que sentimos no es un acto íntimo aislado, sino una forma de acompañarnos y de reinscribir el malestar individual en un marco colectivo.
Al terminar un año, inevitablemente miramos lo que fue, lo que soñamos y lo que nos costó. Es un tiempo atravesado por alegrías, pero también por nostalgias y emociones complejas. Sin embargo, resulta necesario advertir algo central: el malestar que muchas personas experimentan no es producto de una falla personal, de una mala decisión individual o de una frustración privada. La insistencia en responsabilizar al individuo por su cansancio, su angustia, su falta de mérito o su dificultad para “estar bien”, forma parte de una narrativa que invisibiliza las condiciones sociales que producen ese malestar.
Esa culpabilización no desaparece sin consecuencias. Muy por el contrario, suele transformarse en enojo, irritación y frustración, emociones que muchas veces se expresan hacia uno mismo, hacia los vínculos cercanos o hacia el Estado. Cuando el problema se presenta como individual, la bronca encuentra salidas fragmentadas y el malestar se desplaza, dificultando la construcción de respuestas colectivas.
Este ha sido un año desafiante en muchos sentidos. Más allá de los indicadores económicos, las familias han sentido en su vida cotidiana la presión de una economía que exige ajustar, reorganizar prioridades y postergar sueños, y esto tiene un costo, sobre todo emocional. Como advertía el filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad marcada por la liquidez de los vínculos, de las certezas y de los horizontes. En sociedades donde todo parece transitorio, se debilita la posibilidad de proyectar y se naturaliza la idea de que cada persona debe arreglárselas sola frente a la incertidumbre.
A esa presión económica se le suma otra carga silenciosa, la del tiempo que ya no alcanza. Muchas personas se ven obligadas a buscar un trabajo extra, una changa más, a extender jornadas y resignar horas de descanso, encuentros, proyectos personales y vida social. No se posterga solo un gusto: se postergan vínculos y momentos que también hacen al bienestar. Como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, la sociedad del rendimiento produce sujetos que se autoexigen sin pausa, convencidos de que el esfuerzo individual es la única respuesta posible frente a la incertidumbre. El resultado es una subjetividad agotada, encerrada en su propio “metro cuadrado”, donde el “otro” pierde centralidad. La sociedad del rendimiento desplaza la responsabilidad del sistema hacia el sujeto: si no alcanza, si no llega o si no puede más, el problema parece ser siempre personal. Esta lógica convierte el agotamiento en un fracaso individual y no en el resultado de una estructura que exige productividad permanente sin redes. Es así como el cansancio deja de ser un síntoma social para transformarse en culpa y, muchas veces, en frustración acumulada, que en algunos casos se traduce en discursos y acciones violentas.
El repliegue sobre el propio “metro cuadrado” no es una elección libre, sino una respuesta defensiva frente a un contexto que empuja al aislamiento. Cuando la vida cotidiana se reduce a la supervivencia o defensa únicamente de lo propio, se debilita la noción de comunidad y se erosiona el sentido de lo público. En este punto, la reflexión de la filósofa alemana Hannah Arendt resulta especialmente vigente: la vida humana solo adquiere sentido pleno en el espacio compartido, allí donde la palabra y la acción construyen un mundo común. La idea de comunidad imaginada de la autora nos recuerda que no somos individuos aislados, sino parte de un entramado social que nos precede y nos excede, que es histórico, social y compartido, y nos moldea.
Cuando esa comunidad se fragmenta, el malestar se privatiza, la responsabilidad colectiva se diluye y la política pierde su dimensión cotidiana. Cada persona queda librada a su propio límite, como si la solución dependiera exclusivamente de la voluntad o del esfuerzo individual, y ahí surgen la frustración y el enojo como escudos. Frente a ello, reconocer que no estamos del todo bien no es una confesión de debilidad: es un gesto político que cuestiona la lógica de la culpabilización individual y permite transformar el enojo disperso en reflexión compartida.
En este contexto, hablar, escuchar y acompañar no son actos menores. Son prácticas que reconstruyen lazos, devuelven densidad a lo común y reafirman el cuidado como valor social. La familia, los amigos, los vínculos cotidianos y las redes comunitarias cumplen un rol fundamental, pero también lo hacen las instituciones públicas cuando asumen la responsabilidad de cuidar y sostener a la comunidad, y dejan un vacío enorme cuando se corren y dejan esta tarea librada al mercado.
Cerrar el año no debería implicar simplemente pasar la página, sino detenernos a reflexionar sobre cómo estamos viviendo y qué tipo de sociedad estamos construyendo, y también hacernos cargo de eso. Transformar la culpa individual en palabra compartida y el enojo en responsabilidad colectiva, es un primer paso para reconstruir comunidad y volver a imaginar un futuro donde lo común vuelva a tener sentido. Pedir ayuda, compartir lo que sentimos y escucharnos: es cuidarnos entre todos. En estas fechas, abracemos esa oportunidad para construir redes de apoyo entre quienes nos rodean.
Feliz Año nuevo, que el año que comienza sea una oportunidad para transformar el malestar en diálogo, el enojo y la frustración en organización y el cansancio en nuevas formas de estar con otros.
Braian Moyano, Subdirector de Comunicación
Pamela Abarca, Directora de Comunicación
Municipalidad de Chascomús
